“[…] Para lograr la máxima libertad en la elección del nombre, un chihuahua fue colocado en un sillón junto a un control remoto. La premisa era que, cuando el mamífero pisara el control, lo primero que apareciera en la televisión sería el nombre de la banda. […]”

https://es.wikipedia.org/wiki/Reynols

La corrupción intelectual

Hablar de la corrupción supone, de antemano, que el objeto del que se trata es susceptible de alcanzar y aún de permanecer en un estado en el que sus funciones se cumplen correctamente y en el que sus connotaciones definitorias logran la plenitud.

Así, cuando queremos referirnos a la corrupción que sufre la vida intelectual o sus protagonistas, los intelectuales, es necesario que previamente dejemos establecido con claridad cuáles son los atributos que distinguen esta actividad de todas las otras, y cuáles las condiciones en las que realiza, de modo satisfactorio, su misión.

La inteligencia es una potencialidad humana que se desarrolla a través de la adquisición del conocimiento; de la combinación de las nociones que se encontraban aisladas o que se habían agrupado según constelaciones diferentes; del acrecentamiento del campo que abarca la comprensión del hombre, y del ensanchamiento de los límites dentro de los cuales se mueve con la certeza que le proporcionan su razón, su intuición, sus capacidades deductivas e inductivas.

De esta manera podríamos establecer los pasos sucesivos mediante los cuales procede el intelectual para llevar al cabo sus tareas específicas.

El primer paso sería receptivo: recibir con la mayor integridad y fidelidad posibles la herencia cultural que nos transmiten nuestros antepasados, asimilarla; en resumen, asumir la tradición a la que se pertenece y que es un conjunto de fórmulas de pensamiento y de normas de acción que presiden las decisiones, orientan los propósitos y rigen la vida.

Pero la receptividad no es un acto meramente pasivo. Confundida dentro del enorme y variado caudal que nos llega de las generaciones anteriores va una enorme cantidad de elementos desechables, de desperdicios, de basura. Y esto por la caducidad de los valores que postulan, o por la falta de operancia de los dictados que proclaman dentro del marco actual de las circunstancias, o por el falso planteamiento de los problemas, por la fragilidad de las hipótesis (refutadas ya por la ciencia contemporánea) sobre las que descansaban edificios enteros construidos por el rigor mecánico de la lógica o por el desbordamiento sin cauce de la imaginación o por la repetición inerte de la rutina.

Ante estas mezclas el intelectual ha de poseer la aptitud crítica que le permita discernir entre la paja y el grano y asimismo adoptar una actitud en la que los “ídolos” como Bacon llamaba a los diversos tipos de prejuicios a los que se acoge el vulgo sean despojados del título que los sacraliza y los vuelve intangibles y con el que tan gratuitamente se les ha coronado. Este despojo es el momento que precede al del severo examen a que los dogmas serán sometidos, tras el cual aquellos que conserven su vigencia o, en última instancia, demuestren su utilidad, se mantengan y los otros se califiquen y se desprecien.

La inteligencia que de este modo se nutre, se informa y se forma se vuelve entonces hacia “ese loco furioso que es el mundo, para ponerle una camina de fuerza”, como decía Max Scheler. Es decir, se vuelve al mundo para interpretarlo, para reducirlo a concepto, a imagen, a invocación mágica, a estructura religiosa, a verso en que resplandece la hermosura, a fórmula que guarda la verdad.

El caos se convierte en cosmos; la vertiginosa abundancia de hechos se simplifica en jerarquías; la indiferenciada e indiferente existencia de los seres recibe un nombre y con ello una definición y una categoría.

Esta relación entre la inteligencia humana y el mundo no puede obedecer a impulsos esporádicos e impredecibles, a caprichos que ora se dirigen hacia un sector, ora lo abandonan para fijar su atención en otro. La relación, además de constancia, requiere coherencia, y la coherencia no se da sino gracias a un método, esto es, a una manera regular de trabajo.

Pero es preciso que no confundamos la regularidad con la rigidez. El método no sólo es necesariamente flexible, sino que en muchas ocasiones se admite como provisional. Además, el método no es omnicomprensivo. Si rinde frutos en algunas disciplinas, en otras conduce al error. Aplicarlos indiscriminadamente revela que quién lo hace no ha comprendido ni su naturaleza ni las limitaciones de su uso y, por ende, lo maneja como un instrumento inútil cuando no perjudicial.

Por último: ¿cuál es el receptáculo y el vehículo de transmisión de los hallazgos del intelectual? El lenguaje. A través de las palabras comunicamos y compartimos con nuestros contemporáneos y legamos a los hombres por venir las leyes a que obedecen los fenómenos; eternizamos las formas fugitivas; hacemos patente la armonía del universo; conjuramos la muerte y la destrucción y el olvido.

De allí que el lenguaje tenga que ser tratado con un respeto máximo. Nadie cree ya en los principios de la antigua retórica según los cuales todo contenido había de estar supeditado a una agradable eufonía. No. Ahora sostenemos que lo que proporciona licitud a la enunciación de un discurso es que sea preciso, exacto, directo. Aún en el genero lírico (al que tan ligeramente se le atribuye un libertinaje del que por fortuna está exento) no cabe sino el adjetivo insustituible, la metáfora en que los términos que se ligan son términos a los que ha aproximado la semejanza entre los objetos, no el parentesco de los vocablos ni su alianza feliz.

Es dentro de los límites clara y escrupulosamente definidos y no en el seno de la anarquía donde surge la invención fructífera, el espíritu de aventura y de búsqueda, el ansia de lo nuevo, la posibilidad de la sorpresa. Ya lo afirmaba Paul Valery: “del mayor rigor nace la mayor libertad.”

Con los puntos que acabamos de enumerar hemos delineado, aunque no sea más que de un modo muy esquemático, que no permite mayor profundización dada la índole de este escrito, un perfil del intelectual. Examinemos ahora los campos en los que opera y cómo sus operaciones pueden ser desvirtuadas o corrompidas. Vamos a referirnos, en primer lugar, al magisterio y a sus más obvias deformaciones y degeneraciones.

La enseñanza es una de las formas más altas de la creación, porque lo que está modelándose o moldeándose no es un objeto inerte sino una criatura viva. Recordemos que Sócrates se consideraba a sí mismo un partero de almas que, gracias a un interrogatorio bien conducido, ayudaba a su interlocutor a darse cuenta de su ignorancia, primero; a deshacerse de las fáciles e insostenibles respuestas que la sociedad de su época le había proporcionado, después; y, por último, a descubrir la esencia oculta detrás de la apariencia.

Pues bien, este tipo de creación se ha producido en cantidad tan escasa que la historia conserva celosamente los nombres de los grandes pedagogos que en el mundo han sido. Los demás son meros repetidores de lo que oyeron decir a otros repetidores, y a quienes lo único que les interesa es que su auditorio aprenda la lección sin faltar en ella un ápice. Una omisión es grave a los ojos de estos dómines, pero muchos más grave aún resulta una adición. ¡Anatema al discípulo que se atreva a agregar algo a lo que ya estaba escrito! ¡Reprobación al que diga las mismas cosas pero con un vocabulario diferente o con un diferente orden en las fórmulas establecidas!

¿Por qué este rechazo, escandalizado, horrorizado ante una variante, una innovación, una alteración? Porque la negligencia ha impedido a quienes así usurpan el oficio de maestros estar al tanto de las nuevas corrientes de pensamiento, de las críticas demoledoras a los sistemas bajo cuyas alas se cobijan y en cuya perennidad confían, a la teorías revolucionarias en la técnica y en la sustancia de la materia que se enseña.

La corrupción tiene aquí una figura negativa. Pero no es la única. Hay otra quizá más peligrosa para el alumno, quizá más dañina para la comunidad de estudiosos. Esta es la de quienes deliberadamente ocultan o prohiben que se exponga una doctrina, que se manifieste un punto de vista determinado, que se divulgue una verdad.1

El ocultamiento, gracias a los medios masivos de comunicación con los que actualmente contamos, muy difícilmente alcanza a ser total. Entonces quienes lo intentan recurren a la prestación mutilada de una estructura de pensamiento cuyas partes se articulan con tal maña que el resultado es absurdo y, naturalmente, muy fácil de refutar y de reducir a la invalidez.

Esta cláusula de exclusión aplicada a uno o varios sectores del conocimiento obedece al dogmatismo. Se humilla una teoría (o varías) para ensalzar otra y proclamarla única y absoluta. Se hace una lamentable parodia de la actitud crítica para que aparezca, triunfante, una posición que es la oficial o de la escuela o de la época o de la nación.

No hace falta aclarar que en estos casos el conocimiento está supeditado a intereses ajenos a él: religiosos, políticos, económicos. Y que el maestro, con o sin conciencia de lo que hace y de la trascendencia y gravedad de su acción, sirve como un instrumento para que las generaciones jóvenes posean una mentalidad más proclive al fanatismo que a la tolerancia y más adiestrada en el sofisma que en la discusión.

¿De que lenguaje se vale este tipo de maestro para expresarse ante sus alumnos? Desde luego será un lenguaje al que no se le exija el más mínimo requisito para que sea un apto portador de la verdad o de la duda o de la objeción. Será el lenguaje del retórico: la ornamentación esconderá el vacío, las argumentaciones se sucederán con una ligereza de prestidigitador, pero no por ello serán más sólidas, y si parecen deslumbrantes no logran, a la larga, haber tenido éxito como convincentes.

Pero el magisterio, se afirma, es una vocación reservada a grupos de intelectuales y vedada a otros a quienes, como a nuestra Sor Juana, el rumor de comunidad irrita. Hay otras tareas de la inteligencia que exigen o la soledad o la compañía de iguales. Vamos a analizar ahora a quienes se dedican a la investigación científica.

¿Que persigue un investigador en su laboratorio? No transmitir conocimientos, sino ampliar los ya existentes. Busca que las verdades parciales que manipula se complementen con otras verdades parciales que aspira a descubrir.

Esta es la esencia de su profesión. Veamos ahora cuáles son los más frecuentes y comunes cantos de sirena que le hacen desviar su ruta y alcanzar otros fines que no son los que originalmente se había propuesto.

La sirena más estentórea es, ay, la riqueza. Usa otros nombres: éxito, fama. Las tres gracias que se conceden, por un público de indoctos, a quien tiene el cinismo de asediarlas.

El sabio distraído es cada vez más una figura legendaria, y el aura que lo rodea es más bien cómica. Un profesor Curie que atraviesa la calle, tan absorto en sus meditaciones que no se da cuenta de los riesgos del tránsito y sucumbe en un accidente, es cada vez más raro. Un sabio encerrado en su laboratorio es una excepción difícil de hallar, porque lo ha suplantado el joven ambicioso, provisto de un eficaz agente de relaciones públicas y que no vacila en poner en peligro la salud y aun las vidas humanas, el equilibrio político del mundo, con tal de anunciar y llevar a efecto un experimento cuya espectacularidad fascina a las multitudes, suscita ecos en los más remotos rincones de la tierra (hasta donde llegan las agencias de noticias) y atrae la atención mundial y la concentra sobre la eminencia que ha consumado una hazaña memorable.

¿Es esto una exageración? Antes de pronunciarnos reflexionemos en el número de veces a la semana que nos enteramos al través de la prensa, de la televisión, de los documentales cinematográficos que acaba de descubrirse, por fin, una cura definitiva para el cáncer, un estilo de bombas atómicas “limpias”, un método de determinar el sexo de las criaturas nonatas, una sustancia que acaba con las moscas, una dieta que le permite al goloso cultivar su vicio sin caer en la obesidad, etcétera.

A veces no es el individuo aislado el que polariza en su beneficio el uso de la máquina de la publicidad. A veces es una empresa que lanza sus productos a la venta y al consumo cuando estos aún se encuentran en una etapa experimental y no se ha averiguado todavía si su empleo no afecta de alguna manera al organismo, cuando no se ha descartado por completo la posibilidad de que provoque reacciones nefastas.2

¿Es preciso recordar los ejemplos de la cortisona y de la thalidomida? Estos productos no brotaron de la nada sino que fueron la consecuencia del trabajo de un equipo de técnicos, y cada uno de ellos tenía un margen de responsabilidad que nunca le fue reclamado por la ley y que probablemente tampoco perturbó su conciencia moral. La culpa, pueden exclamar al fin de cuentas y alzándose de hombros, es de todos, es del sistema dentro del que vivimos. ¿Y los niños deformes? ¿Y las madres que han optado por el infanticidio antes que por la aceptación de la desgracia? ¿Y las madres que aceptaron la desgracia? Casos aislados, cifras en una estadística. Y para que cese el escándalo se retira el producto del mercado y basta.

Los investigadores del átomo podían suponer que operaban en el campo de la ciencia pura hasta que el interés de los militares y de los políticos respecto de sus actividades los hizo recelar. Redactaron y firmaron entonces un documento que si bien testimonia su buena fe también pone en evidencia la ineficacia con que trataron de detener las catástrofes de Hiroshima y Nagasaki.

Es cierto que muchos de estos científicos han escapado a las presiones de los poderes imperiales que se disputan la hegemonía mundial. Pero es también cierto que muchos otros, invocando el patriotismo o una ideología cualquiera, no han vacilado en ponerse al servicio de las grandes potencias, aún a sabiendas del peligro que corre la integridad de los demás países y aún del suyo propio y el delicado equilibrio político internacional.

La ciencia, dice Mario Bunge, sometida a las fuerzas de la destrucción, la opresión, el privilegio y el dogma (fuerzas armadas, trusts, partidos o iglesia), puede ser muy eficaz y hasta creadora en ciertos aspectos limitados. Pero no contribuye a satisfacer los desiderata de una ética humanista: el bienestar, la cultura, la paz, el autogobierno, el progreso. Estos desiderata se alcanzan al través de un código que incluiría varios puntos fundamentales: el culto de la verdad, el aprecio por la objetividad y la comprobabilidad, el rechazo de la falsedad y el autoengaño, en primer término. La independencia de juicio, o sea el hábito de convencerse por sí mismo con pruebas y de no someterse a la autoridad. Para ello es indispensable poseer coraje intelectual, amor por la libertad y sentido de la justicia.

Este código es claro, pero ¿es practicable? Friedrich Durrenmatt, el gran dramaturgo suizo, expone esta contingencia en su obra “Los físicos”, y muestra hasta que punto proseguir las investigaciones que van a convertirse en armas guerreras o suspenderlas es un asunto que rebasa por completo las intenciones y las posibilidades del individuo aislado y aún del equipo, para convertirse en una decisión que compete exclusivamente al Estado.

Pero de aquí no debe concluirse que se gira dentro de la órbita de la fatalidad. No. Las circunstancias en que actúa el científico son consecuencia de una serie de errores previos, de una ingenuidad y una falta de visión que conducen a la impotencia del enajenado. El sabio, al elegir su especialidad, elige también lo que quiere que su especialidad sea, y los medios para conseguirlo; beneficio colectivo o amenaza que unos cuantos esgrimen para mantener en jaque a la humanidad.

A veces la corrupción del sabio es menor, aunque no por ello menos condenable. Representa y sostiene los intereses de una clase. Profundiza en los aspectos de su investigación que la benefician; descuida o, de plano, ignora lo que la perjudica. Tal es el caso del jurista que arroja un haz de luz sobre un texto de la ley que salvaguarda los intereses que el defiende y que calla o retuerce el significado de los textos complementarios con los que se intentaba establecer la equidad.

Tal es también el caso del médico que no desvanece las supersticiones populares o sigue ostentando como válidas ideas periclitadas, para no alterar la moral reinante. Rasgarse las vestiduras exagerando los peligros de la masturbación, causa inmediata del reblandecimiento cerebral; declarar pomposamente que los medios anticonceptivos producen males incalculables pero incurables, les hace merecer el aplauso de los “bien pensantes” y conservar una clientela tan puritana como pródiga en el pago de los honorarios.

En suma, el sabio corrompido traiciona a la verdad que es una y total y autónoma, y la subyuga a otros principios por fanatismo, por codicia o por terror.

La creación estética

El artista, a pesar de su obvia inutilidad, de su aparente falta de función dentro de una sociedad en la que el valor supremo es la técnica, sobrevive.

Tal supervivencia no sería posible de explicar si el trabajo que realiza no satisficiera alguna profunda aspiración humana, si la vocación a la que se entrega no fuese, de una manera u otra, compartida, sancionada y exigida por muchos espíritus que se llaman a sí mismos prácticos y que no quieren dejar traslucir la frustración que les ha acarreado el no dar rienda suelta a otros intereses que los inmediatos, ni a ese “desinterés”, como llamó Kant a la experiencia estética, es decir, a esa falta de deseo de aprovechar de un modo utilitario un objeto y a convertirlo en objeto de contemplación.

El artista, a lo largo de la historia, se nos aparece como el que revela. Lejos de negar el valor de la apariencia la exalta hasta el punto de convertirla en significativa. La apariencia no oculta el sentido de la vida, ni el orden subyacente en la sucesión de los acontecimientos, ni la unidad en la multiplicidad, sino al contrario. La apariencia, tratada con los medios de que dispone el artista, muestra ese sentido, ese orden y esa unidad, y el creador y el espectador comulgan en la evidencia sin necesidad del discurso lógico, de la demostración racional. Es una especie de asentimiento más hondo, más entrañable, quizá más difícil también de formular.

El artista, en el momento de surgir, se encuentra con un repertorio de formas y un conjunto de procedimientos técnicos que le es preciso conocer y dominar. Pero ambas actividades, aunque indispensables, no son suficientes. La posesión y la maestría en el manejo de los medios expresivos no son sino las condiciones previas que le permiten la búsqueda de la originalidad, meta que únicamente los genios alcanzan, y de la autenticidad, urgencia que únicamente los artistas verdaderos experimentan.

Si partimos de estos postulados no nos será difícil señalar cuáles son las maneras según las que se corrompe el creador de obras estéticas: sustituyendo la verdadera disciplina por la hábil simulación, abandonando la búsqueda de la originalidad para imitar las modas imperantes, renunciando a lo auténtico para halagar el gusto del público.

La palabra disciplina, a primera vista, parece fuera de lugar cuando se trata de asuntos estéticos donde lo que debe reinar según se supone es la inspiración. Y la inspiración, como el Espíritu según San Pablo, sopla donde quiere. Es una gracia que dispensa una deidad caprichosa, no es un mérito que alcanzan los que se han aplicado a su consecución.

La inspiración desciende sobre el elegido: éste es un hecho innegable. Pero cuando el elegido ha sido perezoso, cuando se ha abandonado a la ignorancia, a la falta de destreza, el descenso de la inspiración es infructuoso. Se viven todos los estados de ánimo en los que se rompen los diques de la individualidad para que se expanda el universo; se tiene la sensación de formar parte de una armonía perfecta e imperturbable; se entrevé la desembocadura de los avatares de la historia; se identifican los signos de los tiempos pero, ay, se es totalmente incapaz de traducir ese signo, de convertirlo en palabra, sonido, color, volumen, movimiento, algo que los otros puedan percibir y apreciar.

El éxtasis (que, por otra parte, es susceptible de provocarse artificialmente con drogas o con otro tipo de estímulos) es un éxtasis que no trasciende, no se comunica a los demás, no se plasma en una obra: estatua, partitura, libro, danza, cuadro.

Pero el fenómeno que acabamos de describir, más que corrupción del trabajo artístico sería privación de él. Si lo mencionamos es porque en los países latinos, y más en los hispanoamericanos, la poesía por ejemplo, es una de las opciones obligadas en la adolescencia y los dones naturales, tan abundantes, permanecen silvestres o se usan en beneficio de otros fines, especialmente el político. No es raro el caso del que poseyendo “facilidad de palabra” derive en orador de plazuela y alquile sus aptitudes a los partidos en el poder, sin detenerse ante el más leve examen de la ideología que va divulgar, ni de su validez ni de la oportunidad de emprender tal acción.

Genios inéditos no son raros en nuestras latitudes. A ellos recurre la burocracia cada vez que es preciso llenar el hueco de una oficialía mayor, de una dirección general, de una jefatura cualquiera… trampolines para escalar posiciones cada vez más altas, cada vez mejor remuneradas, cada vez más influyentes y cada vez más alejadas del arte, sarampión juvenil del que reniegan, de muy buena gana, quienes escalaron su posición de triunfadores gracias a un “vago afán de arte” que jamás cristalizó en una forma valedera.

El arte, como profesión, es un peligro contra el cual nos ponen en guardia los prudentes. Ser pintor dominical es una actividad inofensiva mientras como Gauguin también se es banquero. Mas cuando la pintura exige la prioridad y la exclusividad y cuando se le sacrifica la prosperidad alcanzada o el futuro promisorio, entonces se es mirado con desconfianza. Quien lleva al cabo semejante elección ¿está en sus cabales? Desde luego, si nos atenemos a los síntomas que nos proporciona su conducta, no. Es una criatura inestable desde el punto de vista emotivo, incapaz de aprovechar una situación que la beneficie, de satisfacer sus propias necesidades. Loco, parásito, egoísta. Es natural que ante un juicio tan adverso el artista sufra la tentación de afirmarse y se imponga gracias al éxito. Pero el éxito es más difícil de conseguir en la medida en que se quiere lograr que la sensibilidad del público consuma un producto al que no está habituado.

Ésta es una de las maneras más comunes y vulgares de corromperse y es la de seguir, por inercia, los moldes establecidos; apegarse, por temor, a la normas que la tradición consagra como operantes; renunciar, por pereza, a la soledad, al hallazgo de un nuevo estilo, a la innovación de las combinaciones usuales, a la invención de modos expresivos.

Porque, entre otras cosas y como ya lo enunciaba Rilke en sus Cartas a un joven poeta, nada nos garantiza que el propósito, por firme y puro que sea, de entregarse a la poesía, dará por resultado el hecho de ser un poeta.

La disciplina es indispensable pero no es suficiente. La constancia es ineludible pero no bastante. La buena conducta… La mala conducta… El fracaso… El aplauso… El aislamiento… La asunción de responsabilidades domésticas y aún políticas… todo es ambiguo.

Si examinamos la historia de los grandes artistas, lo que en unos ha sido circunstancia positiva en otros ha sido causa de esterilidad. Aun la gloria es intermitente, cuando no efímera. Porque ya lo dice el refrán: en gustos se rompen géneros, y en arte impera el gusto sobre el que en vano tratan de legislar los críticos y los retóricos.

¿Vale la pena entonces arrostrar tantos riesgos durante la vida cuando acaso la posteridad nos será indiferente o se reirá de nuestros esfuerzos? Cuando el joven poeta, angustiado, se hacía estas preguntas, Rilke no acertaba sino a responder que, de una manera abstracta, es imposible justificar esta decisión, pero “si no podemos vivir… si la poesía es tan indispensable como respirar…”, esto es, si más que una hipótesis de trabajo la creación se constituye en un móvil cuya profundidad escapa al análisis porque pertenece al reino de lo instintivo, entonces hacemos la elección correcta. Entonces también un país, una cultura tienen la oportunidad de hallar quienes dan a su esencia un cuerpo visible, a sus sueños una “fermosa cobertura” gracias a la cual sea posible contemplarlos, comprenderlos y amarlos.

Pero si el arte se realiza en estratos más superficiales de la vida y de la conciencia no será difícil predecir los resultados. Será un arte que no ponga en crisis ninguno de los clisés establecidos sino que repita los lugares más comunes; que no haga estremecerse al hombre ante la visión de su grandeza y de su miseria como especie, sino que ayude al buen burgués a digerir su comida, a justificar su modo de existencia como el mejor, a reconciliarse consigo mismo, a consentir en sus limitaciones, a fortalecer sus prejuicios, a perpetuar sus errores, a erguir su soberbia.

Un producto artístico así concebido y realizado tendrá una acogida benévola, una demanda creciente. No se podrá diferenciar de los productos comerciales y será portador de un mensaje ideológico de conformismo que ayude a mantener el estatus quo, desdeñando las leyes de la dinámica histórica.

Los medios de información

Existe otro nivel del conocimiento en el que sus cultivadores no pretenden ni su profundización ni su expresión ni su transmisión a un grupo selecto, sino su divulgación. Los medios con que para ello se cuenta han tenido un enorme desarrollo en el curso de las últimas décadas y han contribuido, según el pensador canadiense Marshall McLuhan, de un modo definitivo a cambiar los contenidos de la conciencia del hombre, a ampliar su horizonte vital, a integrarse dentro de la totalidad del mundo y a sentirse partícipe y, en cierta manera, responsable de lo que acontece, ya sea próximo o remoto.

Los periódicos, con su carga cotidiana de noticias y datos, de análisis y comentarios; la radio, la televisión y el cine permiten al hombre contemporáneo enterarse, minuto a minuto, de los sucesos que componen la fisonomía (geográfica, social, política) del planeta que habita. Para que este “estar al tanto” no resulte desorientador sino al contrario, se supone que los medios de información transmiten noticias escrupulosamente verificadas, datos precisos y completos, análisis objetivos y comentarios esclareceores. Tal sería la función correcta de los canales informativos. Examinemos ahora de que manera se les usa.

Un lector asiduo de la prensa y que se detiene en sus páginas con cierto grado de atención y un mínimo de espíritu crítico no puede por menos de asombrarse ante la vaguedad con que se alude a las “fuentes” que respaldan la veracidad de los hechos que se proclaman como ciertos y que entrañan una profunda gravedad. “Un vocero autorizado”, “insistentes rumores”, “personas allegadas” a las que en ningún caso se menciona con su nombre ni se hace comparecer como testigos, constituyen el aval de una noticia que al día siguiente es desmentida sin el menor escrúpulo o reducida o aumentada a proporciones que el día anterior no hubiera sido posible predecir.

También nos deja atónitos la vaguedad con que los mismos hechos son aludidos cuando se pretende ocultarlos o darlos a conocer sólo a medias. “Un grupo de inconformes” cometiendo “actos vandálicos” es la denominación en clave para hablar de una sublevación popular; “unas cuantas decenas de miles” son los componentes de una manifestación de protesta contra cualquier gobierno constituido al que se quiere mostrar simpatía y apoyo; “una enorme multitud” si el gobierno es enemigo de los intereses periodísticos y de los otros medios de confusión, más que de difusión. “Una partida de abigeos” se traduce como guerrilla rural, y los “rebeldes sin causa” en muchas ocasiones encubren a las guerrillas urbanas.

Cambiar de nombre no es bastante si no también se callan los móviles o se sustituyen por otros. La noticia está uncida a la propaganda. Y la propaganda, ya lo sabemos, se vale de adjetivos que, sin la menor necesidad de justificarse, conmueven con su impacto el alma popular. Frases como “el muro de la ignominia”, “la isla prisionera”, “la Iglesia del silencio”, etc., excitan a los lectores, provocan con su indignación, apelan a su solidaridad, a su sentido de la justicia, a su compasión.

Pero las tácticas de la propaganda en las que Goebbels continúa siendo un clásico no terminan allí ni mucho menos. Los que las manejan lo hacen de acuerdo con los mecanismos mentales del público al que se dirigen. El mejor conocido de estos mecanismos es la pereza. Le ofrecen, entonces, en letras enormes, un titular sensacional. En letras de menor tamaño algo que ya promete menos, y en el cuerpo del texto (que ninguno sino los masoquistas empedernidos leen) un contenido que si tiene alguna correspondencia con los párrafos que lo precedieron es únicamente para contradecirlos, para atenuarlos o para darles su marco adecuado.

Esta contradicción es evidente en la televisión entre el documento gráfico y la palabra hablada. Son mencionados, con el trémolo indispensable en la voz, heroicos ejércitos que defienden a la democracia de algún peligro espantoso, y simultáneamente contemplamos un ejercito perfectamente bien pertrechado que asalta aldeas en las que sólo viven ancianos, mujeres y niños. Se nos señala el vandalismo juvenil en el momento en que un adolescente cae abatido por la macana de un policía. Se nos delata la “violencia negra” y vemos a las jaurías de perros amaestrados que persiguen a unos hombres fugitivos e inermes.

¿Cinismo? No. Confianza en que nadie en el auditorio establecerá una conexión entre las imágenes y el vocabulario que ponga de manifiesto el absurdo. Porque el auditorio ha sido larga y pacientemente acostumbrado a aceptar lo que se le ofrece con un ciego asentimiento. Si presenciamos personalmente un hecho somos capaces aún de dudar del testimonio de nuestros sentidos. Pero sí ese mismo hecho se nos da convertido en espectáculo y elaborado verbalmente, adquiere una categoría de dogma.

Sí, la conciencia del hombre contemporáneo ha sido radicalmente modificada por los medios de información. Pero no la enriquecen con datos verdaderos, sino que la atiborran con prejuicios de toda índole: políticos, religiosos, nacionales, raciales, comerciales. La concepción del mundo del hombre común y corriente de hoy en día se integra con una serie de apasionadas e irracionales adhesiones a un sector de objetos, y con otra serie de no menos apasionados e irracionales rechazos a otro sector de objetos.

Se dice “sí” con la misma seriedad a la patria, a la ideología, al partido y a un equipo de fútbol, a una marca de detergente, a una pasta dentífrica. Y se dice “no” a los fantasmas amarillos, barbudos que nos acechan. Pero también a los posibles marcianos y a los herejes de menos cuantía.

La píldora que el público se traga cotidianamente y a todas horas esta cuidadosa y preciosamente dorada. Aunque pudibundos y respetuosos de la moral tradicional, los promotores de la publicidad no dejan de acudir a los recursos que mejor han comprobado su eficacia: la promesa del placer que ha de cumplirse, no este mundo en que se nos concede en tan pequeñas dosis, sino en alguna especie de paraíso en el que toda licencia será permitida. Allí, como en los versos de Baudelaire, disfrutaremos del ocio, de la abundancia y de la eterna voluptuosidad.

Entretenidos con esta esperanza, ¿quién va a fijarse en las incoherencias del presente? ¿Quién va a ponerse a investigar si esas incoherencias son susceptibles de resolverse gracias a una explicación adecuada y no van a permanecer intactas después de haber sido urgidas por los lugares comunes?

Entretenidos con esa esperanza, ¿quién va a desear la más mínima alteración de los establecido? Es innegable que lo establecido no nos satisface: que el trabajo es rutinario y no muy bien remunerado; que las relaciones familiares son conflictivas; que carecemos de amigos pero nos sobran competidores; que estamos enredados en una maraña de deudas; que, de una manera oscura, sentimos que hemos pedido pan y se nos han dado piedras.

Si estas preocupaciones no fueran tan deprimentes, quizá el malestar se transformaría alguna vez en crítica al sistema al que pertenecemos, en tentativa de acción eficaz para que el sistema sea más aceptable, o en rebeldía franca contra una realidad hostil.

Pero este paso no vamos a darlo sin antes cortar todas las cabezas a la hidra del evasionismo. A los espíritus burdos el aparato publicitario les propone alcohol, un vicio socialmente admitido. Y la ración necesaria de violencia, que compensa nuestras represiones, y de sexo que compensa nuestras frustraciones. Violencia y sexo que son, naturalmente, imaginarios. Los ingerimos por medio de la lectura, vicio impune. O por la contemplación de espectáculos que si se nos brindan es porque otorgan un voto de confianza a la madurez de nuestro criterio, a la firmeza de nuestras convicciones y la invariabilidad de nuestro carácter.

A los espíritus sofisticados se les proporcionan drogas que le abren “las puertas de la percepción”. Drogas que, según se nos garantiza, no alteran la salud, no producen hábito, no dañan a nuestros descendientes.

Para las almas puras, doctrinas. De la indiferencia absoluta, de la ataraxia, de la inoperancia de la razón. Occidente, esa civilización en cuyo nombre se cometen tantos crímenes, de pronto pierde prestigio. Y surgen la figura venerable de Buda y el fascinante misterio asiático en cuya nirvana nos diluimos.

Para las almas vehementes, doctrinas. De la acción, para la defensa de los sacrosantos ideales, el exterminio de los enemigos de los sacrosantos ideales. Se fabrican mitos, se acuñan frases demagógicas y continuamos girando en la rueda de la enajenación, como la mula en su noria, pero convencidos de que avanzamos hacia alguna parte, gracias a esa imagen deformada que de nosotros nos devuelven los espejos de la madrastra de Blanca Nieves que son los medios de información cuando se corrompen.

Rosario Castellanos. Texto publicado en “La Corrupción” en 1969.

Notas:

  1. De ejemplo está la gran mayoría de los falsos profesores-investigadores de las instituciones de educación superior.
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  2. El caso del SIDA es un ejemplo actual de la corrupción de los “ingenieros genéticos” que experimentaron con todo el continente africano para sostener los intereses imperiales.
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Manifiesto de Galería La Esperanza

Fragmento del “Manual de Operación Inédito”

“Operar es un dolor profundo, el nacimiento de un pequeño y eficiente “tirano” ante los ojos del explotado. Un ser injusto ante el “pobre explotado”

El mundo de los “explotadores-explotados”: siempre tiene dos versiones.

Son vértices irreconciliables.

¿En qué pensamos cuándo operamos?

La injusticia existirá, jamás existirá una administración en el sentido cristiano-católico de “justicia”

Aunque Marx ya no me agrada…tiene razón en puntos cruciales, en otros se equivocó igual que dios (que siempre se equivoca)

Trato de descubrir un sistema operativo-filosófico-práctico-funcional-ordenado y efectivo, la primera pregunta:

1) ¿El trabajo… trata de un mundo operativo de trolls, hadas, princesas, reyes, vampiros, hombres lobo, marcianos, duendes…un sistema operativo en el que seres con poderes imaginarios pueden o quieren ser diosestodopoderosos?

¿Es el trabajo duro… (que se asume por convicción más allá de la necesidad) un mundo en el que el lava loza, la cocinera, el parrillero, la cajera, el papero, el mensajero, la administradora, el contador, el gerente, la vida, la muerte y el valet parking le gritan a los socios mayoritarios?

La primera respuesta:

No.

Ese mundo de roles mal direccionados: jamás funcionará, ni Marx, ni menos.

Empleados siberianos que asumen, sin llorar, el ideal de todo empleador.

Empleados que trabajan sin lloriquear: la ruina de los tiranos inexpertos.

Empleados que conocen el trabajo duro: buenos cimientos, edificios anti-temblores, anti-bombas, anti-todo.

Susana Iglesias